By: Fredy YanaricoApaza.
La respuesta a la pregunta del título es, sí. Sí, en la medida de que no
existe la consecución del desarrollo de capacidades personales.
En un contexto donde la crisis moral en la práctica de valores es evidente
y las buenas acciones son minúsculas; en consecuencia, los principios morales
se encuentran más relegados.
Entonces, es difícil caminar derecho, dependiendo de los principios morales
con las que ha sido formado una persona; sin embargo, con un nivel de educación
con pésimos resultados es tan intrincado lograr ciudadanos que presenten un
comportamiento adecuado; más aún, con un avance educativo en esas condiciones el
progreso cultural de las personas deja un abismo entre la realidad y lo deseado.
Existen factores que determinan el actuar individual sea lo político,
social, económico, personal, etc. los cuales enmarcan al sujeto en una posición
dentro de la escala jerárquica de la toma de decisiones y ejecuciones. No es lo
mismo la toma de decisión de un Jefe de Estado que la de un Gobernador
Regional; no obstante, la responsabilidad es la misma. Ahora, la discusión la
centrarán en el grado de diferencia del cargo de cada una de las personas
mencionadas --e insisto-- la responsabilidad es la misma, aún sea en los Jefes
de familia. El fundamento o sustento, son los principios morales con los cuales
un individuo asumirá una función de manera responsable en cualquier ámbito del
desempeño personal y gracias a principios sencillos (como el ama quella: no
seas ocios, ama sua: no seas ladrón, ama llulla: no seas mentiroso), se
alcanzará ciudadanos y naciones democráticas.
Un caso es el siguiente, se encuentran muchas personas sin un cargo de
amplia jerarquía y, por ende, sin mayor poder de decisión sobre asuntos
institucionales, y en un supuesto, si alguna vez se les encargasen una función
de mayor preponderancia han de encontrarse con otra realidad, donde los beneficios,
principalmente, económicos son superiores; por consiguiente, se toparían ante
una falencia psicológica denominada como “complejo de inferioridad”, donde el
individuo se enreda ante la insuficiencia de “la personalidad” y sucumbe ante
demasiada ostentación material que se inicia, generalmente, con el acto
conocido como corrupción.
Esta última palabra (corrupción), en la actualidad, se encuentra en todos
los niveles de la sociedad (familia, organizaciones, instituciones privadas y
del Estado, etc.) donde los protagonistas actúan en forma subrepticia, el
corrompido y el corrompedor.
Por un lado, ante esa situación un aspecto es lograr altos niveles de
educación en concomitancia con el desarrollo cultural, y éstos, den el valor a
las acciones de las personas y sostengan su “personalidad”. Por otro, la
disminución del “complejo de inferioridad” se da en base al proceso de
educación y cultura de la sociedad en donde los individuos logren un mayor compromiso
social; es decir, si las personas
empiezan a actuar políticamente, serán actores del devenir de la sociedad y no
espectadores, manteniendo el arraigo con la comunidad. En efecto, la
participación ciudadana en asuntos de interés social afianzará la confianza en
el individuo y la humanidad, porque si no confiamos en nuestra especie ¿en quienes
más lo haremos?